Artículo: Resignificar la educación desde la identidad pedagógica del docente

Por Luis Alberto Riart Montaner
Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación
Ex Ministro de Educación y Cultura de Paraguay (2009-2011)

*Originalmente publicado en Folio Politico las Américas (publicación mensual de Praxis Publica) – acceda al texto aquí.

Pensadores como Zygmunt Bauman, George Soros,  Jeremy Rifkin, Bernardo Toro e Ilya Prigogine, coinciden en que la sociedad vive actualmente un proceso de profunda reestructuración, el cual se traduce en cambios de visión del mundo, en una reingeniería de los valores básicos, así como en un repensar crítico de las estructuras políticas, sociales, artísticas y de las instituciones claves que las sostienen.

En América Latina este proceso tiene como antecedente cercano las mudanzas que se vivieron durante la década de los años noventa, y que en el ámbito de los Sistemas Educativos se conocieron como “Reformas Educativas”, las cuales fueron llevadas adelante por los Ministerios de Educación en el marco de paradójicos encuentros de importantes figuras de la educación con los consultores de los organismos internacionales de financiamiento. Es así que, mientras por un lado personalidades como M. R. Torres, M. Gadotti, J.C. Tedesco, H. Maturana, E. Morín, H. Gardner, D. Ausubel, C. Coll y J. Brunner proponían un cambio educativo desde una mirada crítica-participativa de la praxis educativa a la luz de las Ciencias de la Educación; por otro lado, los bancos multilaterales enviaban sus “misiones técnicas” ofreciendo líneas de crédito junto con “infalibles enlatados y recetarios educativos” hechos para la realidad de los llamados Tigres del Asia.

Este periodo de la historia de la educación regional, hoy es estudiado como el tiempo en que se instala la creencia de que “reformar la educación de un país” es introducir modificaciones cosmetológicas en los contenidos curriculares, en los sistemas de evaluación o la distribución de los años de estudio; es hacer mejoras formales o promulgar nuevas disposiciones legales. Los años noventa son los años en que se pone de moda la moda pedagógica (“a ver qué de nuevo se está haciendo en los países avanzados y hagamos un rápido seleccione-corte-pega”), o el hablar constantemente de la “innovación” como una gran vedette, saltando de una novedad a otra sin cerrar los procesos o evaluarlos científicamente, para luego informar los resultados a la sociedad y hacer los ajustes necesarios.

Mucho de lo que se hizo en los últimos 25 años había que hacerlo, pero hoy se intenta ir más allá de una reforma entendida como ajustes paliativos del sistema. En la actualidad se quieren generar políticas participativas de resignificación de la educación pública, impactando existencialmente en las vivencias formativas que se dan en las comunidades escolares. Así, resignificar implica – por ejemplo – instalar una nueva práctica docente que sea consciente y pertinente, desde una pedagogía latinoamericana amplia que traduce el enfoque de derecho a la educación en una formación del docente como profesional y como miembro de la comunidad, facilitándole a los/las maestros/as las herramientas pedagógicas para que  – junto con los gobiernos y la sociedad civil – transformen la escuela pública en un espacio comunitario de aprendizaje subjetivo y social, donde se enseñe y se aprenda, tanto a ser persona como a ser ciudadano; tanto a valorar la tradición como a emprender nuevos caminos de sostenibilidad económica y política, sin perder de vista el contexto y la praxis. Nada de esto impide dialogar con las corrientes de pensamiento más actuales, con los nuevos descubrimientos o participar eficientemente de un mundo globalizado. Desde luego, siempre que se mantenga un profundo sentido de identidad latinoamericana y de corresponsabilidad con el compromiso histórico de colaborar en la superación de las brechas de desigualdad socioeconómica que afectan al continente desde hace cientos de años.

Estas dos primeras décadas del Siglo XXI tendrían que ser recordadas como el tiempo en que América Latina construye una propuesta educativa liberadora desde el fortalecimiento de la identidad pedagógica de sus docentes, y desde el salto cualitativo de las relaciones de enseñanza-aprendizaje en el día a día de la escuela; es decir, una época en que realmente la calidad llegue al aula y se sienta como calidad de vida.

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